lunes, 31 de marzo de 2014

La condición ética del ser humano

La moralidad es una dimensión constitutiva e inexcusable del ser humano ("somos morales aunque no lo queramos, somos morales porque somos humanos"). El fundamento de esta moralidad reside en la libertad y la dignidad humana. Esta última es la razón del respeto entre personas.

Mediante los hábitos, las acciones morales forjan el carácter y crean el modo de ser de cada uno. En ellas todos tenemos en cuenta cuatro factores determinantes: la intención, la deliberación, la decisión y el resultado. De estos, el más importante y es el último pero también destaca la deliberación la cual se expresa en juicios de valor.

Es de suma importancia hacer notar que la acción ética tiene siempre un fundamento. A lo largo de la historia algunos intentos de justificación se han fundado en la divinidad o las exigencias de la naturaleza o la sociedad.

Antes hacíamos referencia a que uno de los fundamentos de la moralidad es la libertad. Ser libre consiste en no estar determinado o impedido por factores externos y en decidirse según el modo de ser racional. Una ética surgida de la libertad define el deber como la vinculación que una persona establece entre sus fines y los medios para lograrlos. Es lo que conocemos como responsabilidad, la otra cara de la libertad. La responsabilidad convierte al individuo en ciudadano, alguien que participa en el discurso colectivo sobre la justicia y la alienta con sus valores e ideales.

Cada persona tiene su valor

En el texto siguiente trata de mostrarse la dignidad de cualquier ser humano. A distancia, todas las personas parecemos iguales e intercambiables, pero si nos acercamos lo suficiente comprobaremos cómo "cada persona brilla con luz propia". Así, unos resplandecen mucho; otros, poco, y, en definitiva, todos merecen respeto.

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. 

A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos, 
-El mundo es eso -reveló-. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirar sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.
Galeano, E.: El libro de los abrazos.

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